Vitamina C en otoño: piel, capilares y defensas

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No hace falta esperar al invierno ni a las naranjas para cubrir tus necesidades de vitamina C. El pimiento rojo, el kiwi o las coles de Bruselas aportan igual o más, y están en plena temporada en otoño. Te contamos qué hace esta vitamina por tus defensas, tu piel y tus capilares, dónde encontrarla y cómo cocinar sin perderla.

Por qué el otoño pone a prueba tu cuerpo

Con el cambio de estación llegan dos retos a la vez. Por un lado, los primeros virus respiratorios de la temporada. Por otro, el contraste entre el frío y el viento de la calle y el aire seco de la calefacción, que castiga la piel y la circulación más superficial.

La vitamina C interviene en ambos frentes, y la despensa de otoño está llena de ella.

Defensas y piel: dos funciones clave

Apoyo al sistema inmunitario. La vitamina C (ácido ascórbico) se acumula en los glóbulos blancos. Favorece que los neutrófilos lleguen a la zona de infección y que los linfocitos se multipliquen, lo que ayuda a dar una respuesta más eficaz. Eso sí: tomar más de la necesaria no evita los resfriados; lo importante es no quedarse corto.

Fabricación de colágeno. Sin vitamina C, el cuerpo no puede formar colágeno estable. Es imprescindible para dos enzimas (prolil y lisil hidroxilasa) que dan firmeza a esta proteína, la base de la piel, las encías y la pared de los vasos sanguíneos.

En otoño, la piel pierde agua con más facilidad. Un buen aporte de vitamina C ayuda a mantener su barrera firme y elástica, y a prevenir las pequeñas grietas en labios y manos típicas de esta época.

Capilares más resistentes: vitamina C + flavonoides

Las frutas y verduras no aportan la vitamina C sola. La acompañan flavonoides como la quercetina, la hesperidina o las antocianinas, que le ayudan a protegerse de la oxidación. Juntos contribuyen a mantener la pared de los capilares fuerte y menos permeable.

Imagina tus capilares como pequeñas mangueras. Al salir al frío se estrechan de golpe; al entrar en una casa con calefacción se dilatan. Si sus paredes son débiles, esos cambios se notan: rojeces en las mejillas, cuperosis o sensación de piernas cansadas. El colágeno que ayuda a formar la vitamina C, junto con los flavonoides, refuerza el «material» de la manguera para que aguante mejor los cambios de temperatura.

Por eso conviene obtener la vitamina C de alimentos frescos y variados: llegan con su equipo de flavonoides incluido.

Fuentes de vitamina C que quizá no esperabas

El pimiento rojo crudo aporta más del doble de vitamina C que la naranja, y el kiwi, el brócoli y las coles de Bruselas también la superan. Todos están en temporada en otoño.

Valores aproximados por 100 g en crudo, según tablas de composición de alimentos (BEDCA/USDA)

Las coles de otoño (brócoli, coliflor, col lombarda, coles de Bruselas) son perfectas para ensaladas templadas, salteados o cremas suaves. La granada y el caqui, aunque aportan menos vitamina C, son ricos en antocianinas, carotenos y otros antioxidantes: buenos compañeros en el plato.

Cómo cocinar sin perder la vitamina C

La vitamina C se disuelve en agua y se destruye con el calor, el aire y la luz. Con unos gestos sencillos conservarás buena parte de ella:

  • Cocciones cortas: vapor, salteado rápido o wok, mejor que hervidos largos en mucha agua.
  • Aprovecha el agua de cocción en cremas y sopas, porque ahí queda parte de la vitamina.
  • Añade algo crudo al final: un chorrito de limón, pimiento picado o perejil fresco.
  • Corta justo antes de comer para que la fruta y la verdura se oxiden menos.
  • Incluye cada día alguna fruta o verdura cruda, que conserva toda su vitamina C.

¿Cuánta necesitas? Cuándo aumentan las necesidades

La Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA) recomienda 95 mg al día para mujeres y 110 mg para hombres adultos. Un pimiento rojo mediano crudo o dos kiwis ya cubren esa cantidad.

Existen situaciones clínicas donde estas necesidades se incrementan notablemente de 1-3 g.

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